¿Qué quiere que le diga? V. 2.0

Todos los días deberían tener manual de instrucciones. ¡Oh muchachita de nariz aplastada contra el escaparate de la vida! Ya no quedan rosquillas de mermelada.

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domingo, marzo 26, 2006

Ataque súbito de primavera

Mis días deberían tener 27 horas para que me diera tiempo a cumplir con todas las tareas encomendadas y mis fines de semana tendrían que durar cuatro días para que generaran un auténtico descanso en mi mente. Apenas puedo pararme a pensar que el mundo es más que una autopista, una oficina, unas clases de idiomas y una cama vacía.

Uno de esos escasos momentos de conexión con la realidad me lo proporciona el paseo que todos los viernes me lleva de la clase de francés a mi casa. Es entonces cuando veo a personas desconocidas que se mueven libremente, como si no estuvieran sujetas a nada, que no tienen nada que ver con mi trabajo. Todo lo contrario de mi día a día.

El último de estos paseos me permitió pensar en la llegada de la primavera. Al contrario que en otras ocasiones, el pasado viernes no llovía, el sol todavía no se había acostado. La gente no se tapaba con cálidas prendas, sino que aprovecharon para sacar por primera vez en el año las prendas de verano; camisetas, pantalones cortos, tops, minifaldas, tirantes, gafas de sol. El calor había irrumpido súbitamente y las personas que habitan la ciudad no desaprovecharon esa oportunidad. Todos añoramos el verano, esos días largos sin fin, con tardes para hacer lo que quieras.

Necesito romper con la rutina. Me está matando.

domingo, febrero 26, 2006

Carnaval toda la vida y un ratito junto a vos.

No sé cuánto tiempo durará el actual ritmo de trabajo que hay en la oficina. El caso es que mis semanas se articulan en dos bloques cada vez más definidos; un grupo de cinco días (caótico, imprevisible) y otro de dos. De lunes a viernes, no vivo jornadas, sino una sucesión de vigilias y sueños que desembocan el viernes a eso de las 14 horas. Si se sale a la hora, claro.

Esta semana, mi bloque de dos días comenzó en un cine con 'Munich', una película que te deja incómodo. Es larga, pero tiene el ritmo preciso para que sólo en un par de ocasiones te revuelvas en la butaca intentando encontrar una buena postura. Tensa y cruda, no de deja ir a la cama tranquilo. Al menos cuando te metes entre las sábanas. A la salida del cine (el único situado en el centro de la ciudad, lo que provoca encuentros inesperados), Juan, mi partnenaire de sala, y un servidor fuimos a buscar al resto de la tropa en la barra habitual. Era algo tarde y se los habían llevado otros ambientes, otros bares.

El sábado culminó con una cena con dos amantes del trabajo. Ella, él y yo. Cena para tres. En el restaurante sentía un tremendo vacío cada ves que miraba a la silla desocupada de mi izquierda. Los amantes me regalaron un portafolios por mi cumpleaños (¡dos meses después!). Es un portafolios serio, marrón, de currante, de cuero bueno, del que huele a cuero de verdad. Ahora mismo la tengo a pocos metros de distancia y mi nariz advierte su presencia. La usaré cuando sea mayor. Teniendo en cuenta que últimamente envejezco un mes cada día, comenzaré a llenarla de papeles cualquier jornada de éstas.


El restaurante era una arrocería perteneciente a una cadena hostelera alicantina. Muy buen sitio, la verdad, aunque los nombres de los platos era más bien flojos, carentes de espíritu; 'habitas', 'verduritas', 'gambitas'... Cagontó, que tamos en Asturies, rediós. Acostumbrado a pedir fabes 'a esgaya', a voces y con dos cojones, los 'platitos' de
la arrocería se antojaban como una gaseosa sin burbujas. Fue una impresión inicial que quedó aparcada en cuanto probé el primer entrante. Sabroso aunque con poco sabor a tierra astur.

Durante la cena, salieron a la palestra algunas desconocidas coincidencias entre la amante y un servidor
; de críos, aprendimos a patinar en el mismo parque; nos gusta dormir con mucha ropa y de lado, ni boca arriba, ni boca abajo; somos cerveceros y si hay que tomar algún combinado, vodka limón. Curiosidades del mundo animal.

Mientras escucho el último de Van Morrison, es carnaval. Carnaval toda la vida. Algún año me animaré a disfrazarme. Pero no por el momento. Tengo demasiada presión; otra canción de los Cadillacs.

Una recomendación; escuchen la música de Georges Delerue.


domingo, febrero 19, 2006

Erzwinanfaia

Levantarse temprano, salir a la calle y contemplar junto a tu portal un bómito que alguien se dejó olvidado la noche de ayer no es la mejor forma de empezar un domingo. Aunque las hay peores.
Poco después, ves dos contenedores volcados junto a varias bolsas de basura desperdigadas por la calzada. Una noche de borrachera y viento.
Los desperfectos que dejó el temporal son patentes; vallas volcadas, carteles publicitarios arrancados, un parterre que están creando los del Plan Piles ha quedado completamente destrozado, paraguas rotos...

Bien me hacía falta en un día tan frío como el de hoy encontrar una fuente de calor. Durante mi etapa charra de universitario, unos cuantos y originales juramentos se me ocurrían cada mañana cuando a las 7.45 horas salía de mi covacha para ir a la Facultad. 1 grado, 2 grados, 3 grados (la tierra es un grado que se me escapó), 0º (ni frío ni calor), -1º, -2º (aquí la cosa pasaba de castaño oscuro). El trayecto hasta el aula no pasaba del cuarto de hora, pero durante el mismo maldecía mi buena voluntad de acudir fielmente a clase a esas horas y con ese frío. Tenía suerte de no pasar delante de ninguna tienda para evitar tener que ver mi cara reflejada en los escaparates.
El enojo (que era menos fuerte que mi voluntad) se prolongaba hasta que mis ojos, más cerrados que abiertos por la temperatura, se encontraban con una compatriota de fuerte voluntad que también acudía puntualmente a su cita con el saber. Bueno, o lo que fuera. No era una moza que me atrajera especialmente. Simplemente, lo que me agradaba de ella era la sonrisa que era capaz de gesticuar a esas horas. Cuando nos encontrábamos, siempre en el mismo punto, a la entrada de un pasadizo peatonal, ella decía sonriente: ¡Buenos días! Y esas palabras encendían una estufa. Me confortaban y me daban ánimos durante unos minutos.

Algo parecido ocurrió el otro día. Volvía del trabajo. 12 horas de oficina. Coincidí en el ascensor con una vecina. Por el acento, diría que era suramericana. Alguna vez me había cruzado con ella en el portal, pero nunca había reparado en su rostro. No se qué me dijo (que olía a pintura en el ascensor o algo así), pero sus palabras y su sonrisa me alegraron el resto de la tarde. Hasta mis padres se dieron cuenta que estaba alegre. Pensaron que era por algo del trabajo, pero no fue así.

Sé que conformarme con unas palabras de mujer es más bien poco. Casi nada. Pero, como decía un profesor: "Ye lo que hay".

Sunday never comes. Creedence Clearwater Revival. (Soy incapaz de escribir el nombre de este grupo sin consultarlo en el Google).


lunes, febrero 13, 2006

Galería del coleccionista



De Ricardo, en El Mundo (13-02-06)

domingo, febrero 12, 2006

Se alargan bajos

Acabar del enclaustramiento me ha costado lo suyo, pero era necesario. Hacía un mes que no salía de casa un fin de semana. Sólo conocía el asfalto de lunes a viernes; los sábados y domingos eran una prolongación doméstica de la jornada laboral o se convertián en una cueva donde el oso hiberna dos días, justo antes de salir de nuevo a la naturaleza salvaje de la oficina.

El caso es que ayer sábado me reencontré con la calle. Durante la mañana me regalé un paseo hasta la peluquería. El trayecto estuvo plagado de encuentros curiosos que devuelven al vecino con su ciudad. Así es mi pueblo; con sus carteles de las aún supervivientes tiendas de corte y confección ("Se alargan bajos"); con sus comisarios de policía paseando a su descendencia; con sus presidentes del principal equipo de fútbol local; con sus amigos y parejas; con su grupo de mimos haciendo gansadas en pleno eje comercial; con tu peluquero que te comenta las últimas noticias de la empresa donde trabajas...


También me reencontré con la reina de la noche (me había dicho zurück durante un mes como si fuera el negro Monostatos), pero las crónicas nocturn
as las dejo en manos de otros que cantarán con mejor plectro.

PD: definitivamente, Raztinguer y no no nos llevamos bien. Ya se me ha vuelto escapar del blog....
Quisiera ser como el frutero de 'Siete vidas', un personaje que por no tener, no tiene ni nombre.



sábado, febrero 04, 2006

Eterno retorno

Una vez tuve una página web. Cuando el Vaticano eligió al nuevo Papa, incluí en él una fotografía del señor Ratzinger. Inexplicablemente, la página se suicidó, desapareció de la pradera digital y no volvió más a ver la luz del día.
Nunca ha creído en los complots ni en las conspiraciones judeomasónicas, así que volví a hacer lo mismo en el sucesor de página web, el ya mundialmente célebre blog "¿Qué quiere que le diga?". Todo iba como la seda. Mis comentarios eran más o menos frecuentes y la bitácora crecía como un adolescente.
Su vida acabó hace unos meses, cuando incluí una fotografía retocada del señor Ratzinguer que había visto en alguna página 'cadista'. Algún monstruo del Photoshop modificó la imagen; sustituyó los hábitos papales por una bufanda del Cádiz que descansaba sobre los hombros del Santo Padre. Días después, los espías descubrieron el blog y me vi obligado a eliminarlo.
A la tercera va la vencida. Cual 'forcado' portugués, tiento a la suerte sin muleta ni estoque. Ahí va la fotografía. La suerte está echada. Queden con Dios.